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SOBRE VIVIR

Juan Antonio y don Blas

 

«TARACENA y Tudela, tan afines en su diferencia, me parecían las figuras más representativas de la intelectualidad soriana. De un grupo de personas en el que la provincia, la tierra, los campos ejercían una profunda atracción. Taracena, director del Museo Numantino, vivía en la historia sin desatender la actualidad, como lo atestiguaban sus discusiones casineras, especialmente con Gaya Nuño».

El crítico literario Ricardo Gullón, recordaba así, en su artículo ‘Soria, 1933’ de ABC (26-5-1990, p.3), el buen ambiente cultural de aquella ciudad castellana arrinconada a la que él llegó como jurisconsulto de su Audiencia provincial. Soria, de sobrio encanto, seguía siendo la pequeña Atenas –con su Ateneo incluido– que añorara el poeta Antonio Machado en su retiro de viudedad en Baeza.

Blas Taracena estaba allí en su propia salsa. En encorsetado soneto esculpió su retrato el poeta amigo Gerardo Diego, anotando su cabello rubio y sus ojos azules, que «hablaba poco, a tiempo y cristalino».

Y relataba: «Aún preguntan por él sus dos museos. / El Numantino fue su fina obra, / su celo, su desvelo, su zozobra, / la niña de sus ojos y recreos. // Después el Arqueológico en la cumbre / de la que fue estación del cuaternario. / Y él su aposentador, alma en su almario, / buscando a cada joya exacta lumbre».

De complexión fuerte, dotado de tenacidad y actividad poco frecuentes. Parecía de otra raza. Hablamos de Blas Taracena Aguirre, cuya vida transcurre desde su nacimiento en Soria, el 1 de diciembre de 1895, hasta su óbito en Madrid, el 1 de febrero de 1951.

Prácticamente todo lo que acontece dentro de ese paréntesis (guerra civil incluida) es lo que nos relata Juan Antonio Gómez Barrera en su imponente libro, de 972 páginas, Blas Taracena Aguirre (1895-1951), editado por el Ayuntamiento de Soria en colaboración con otras entidades.

Una magnífica biografía, avalada en sus documentos, tras 13 largos años de pesquisas. Solo desde una analogía intelectual con el personaje biografiado cabe entenderse tan denodado esfuerzo. Y su lustre es mayor por el cuidado del autor en el decirlo bien. Solo desde la pasión en lo que se cree y en lo que se crea. Con todo el poso y el peso del ejercicio de la paciencia. De ‘Soriano que triunfa’, vamos. Muy merecedora de elogios y laureles.

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