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CRISIS HUMANITARIA EN EUROPA

Refugiados con proyecto en Alemania

El centro de acogida berlinés de Wilmersdorf es más que un lugar de espera

ROSA MASSAGUÉ / BERLÍN
14/02/2017

 

Angela Merkel ha endurecido su discurso sobre la inmigración. Vienen elecciones. Pero en un gesto insólito, en el verano del pasado año abrió las puertas de Alemania a 890.000 refugiados que huían de la guerra de Siria y de otros conflictos. Aquel gesto, que no fue seguido por ninguno de los demás países de la UE, honra a la cancillera.

Considerando que el proceso burocrático para conseguir el asilo es largo, muchos solicitantes aún están alojados en polideportivos o similares. Sin embargo, también hay centros como el del distrito berlinés de Wilmersdorf, donde los refugiados esperan su destino en una situación más confortable.

Lo primero que sorprende antes de entrar en el 16 de la Brienner Strasse es la gran cantidad de bicicletas en un recodo de la acera. Philipp Bertram, uno de los directores, explica por qué. Los refugiados reciben 130 euros al mes. Da para poco en una ciudad donde un billete de transporte público cuesta 2,70 euros. Un llamamiento a los vecinos se transformó en una gran donación de bicicletas. Así, los acogidos en el centro pueden desplazarse gratuitamente y evitar problemas en el transporte público si van sin billete, especialmente ahora que se han reforzado los controles.

Una vez atravesado el umbral y cruzado el patio interior, otros vehículos abarrotan una sala. Son cochecitos de bebé. Actualmente hay alojadas 1.100 personas, la mayoría de entre 20 y 35 años (solo 30 tienen más de 60 años) y casi todas viven en familia. Hay 220 menores de 6 años, y 30 mujeres están embarazadas. Allí mismo disponen de comadrona que las asesora antes y después del parto que ocurre en hospitales de la zona. Las mujeres cuentan además con un servicio de planificación familiar muy solicitado.


MÁS DE 400 HABITACIONES

El centro está gestionado por la ASB, una organización de ayuda, por encargo del estado de Berlín. Lo que diferencia este centro de los demás es que los alojados disponen de privacidad. Está situado en el antiguo Ayuntamiento de Wilmersdorf, un enorme edificio que en agosto del 2015 estaba cerrado, y cuenta con más de 400 habitaciones. La otra diferencia está en que la acogida va más allá de lo que establece la norma. A los refugiados hay que darles cama, una taquilla y comida. “En centros como los polideportivos tienen estas cosas básicas, pero no hay proyectos como los que tenemos aquí”, explica Bertram.

Aquí se intenta dar una “estructura de vida cotidiana mientras esperan que se resuelva su petición de asilo. Esta es su casa por un periodo de tiempo”, dice el director, y añade la necesidad de que estas personas tengan una perspectiva: “Este no puede ser solo un lugar de espera. Queremos que hagan lo que saben hacer, que sean útiles a los demás, ya sean traductores o peluqueras”. Algunos trabajan en el mismo centro a cambio de una pequeña retribución. Tres refugiados iniciaron un proyecto de informática y hoy los tres tienen trabajo. El proyecto llamado Reconnect cuenta con la ayuda de Google y Microsoft. Es uno de los éxitos de Wilmersdorf al que se conectan personas de otros centros.


JARDÍN DE INFANCIA

Otro proyecto es el jardín de infancia creado para los más pequeños, pero sobre todo para las madres. Bertram tiene claro que los refugiados tienen que hacer su trabajo, aprender alemán, participar en la sociedad. Pero “los hombres salen del centro por la mañana y regresan por la tarde y era muy importante crear el jardín de infancia para que las mujeres puedan asistir a cursos o participar en proyectos. Es mucho más que un jardín de infancia”, explica.

El centro también facilita asesoramiento legal y psicológico, porque las entrevistas que realizan las autoridades federales para conceder el asilo son muy complicadas, y la posibilidad de ser rechazados y tener que regresar a sus países en algunos casos es casi una sentencia de muerte.

En el centro viven sirios, iraquís, afganos, eritreos, somalís y también chechenos y daguestanos. “Para nosotros no hay diferencias, todos son solicitantes de asilo”, dice Bertram, un joven de 25 años, preparadísimo, que ha aplazado el final de su carrera de Políticas y Económicas.

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