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BURGOS

El detector de opiaceos más eficiente

Investigadores de la UBU descubren un nuevo método de análisis para determinar la cantidad exacta de opiáceos consumida

V.C.
07/06/2017

 

El grupo de investigación Amido y el de Nuevos materiales heterocíclicos y química supramolecular de la Universidad de Burgos (UBU), se han unido para desarrollar un nuevo método de análisis de opiáceos –heroína, cocaína, morfina o codeína- que permitiría a la Dirección General de Tráfico (DGT) saber la cantidad exacta de lo que se ha consumido en los controles que realiza en carretera, algo que hasta ahora no se podía llevar a cabo.

El procedimiento que se utiliza en la actualidad es solo cualitativo, es decir, detecta a través de una muestra de saliva varias sustancias ilegales –opiáceas o no-, pero no específica la proporción concreta. El Drug Test 5000, nombre que recibe este equipo, se basa en un sistema de análisis encimático o bioquímico formado con sustancias extraídas de los seres vivos. Con una especie de bastoncillo el guardia civil recoge la prueba, que posteriormente introduce en el equipo. El coste del kit que se utiliza es elevado, unos 200 euros aproximadamente. «Los reactivos encimáticos detectan en la saliva que hay droga y es caro porque no es fácil extraer encimas de los seres vivos.

Nuestro método, al ser químico, es mucho más económico y el mismo proceso costaría menos de un euro», indica Gabriel García, responsable de Amido, catedrático y profesor de Química Inorgánica de la Facultad de Químicas de la UBU. Además, aunque el examen resulte positivo, el infractor puede exigir un segundo análisis en un laboratorio acreditado, arriesgándose a correr con los gastos si se confirma que ha consumido. Esto es algo que se pretende evitar con este nuevo método de análisis.

Como muchos descubrimientos este surgió por una casualidad. El grupo Amido, centrado en química inorgánica, se creó en 1990. Realiza investigación básica basada en compuestos, síntesis y caracterización estructural, y su objetivo es proyectarla en ámbitos aplicados. García afirma que uno de los principales intereses del grupo es el estudio de la fotosíntesis artificial, es decir, conseguir la reducción del CO2 artificialmente, igual que lo hacen las plantas. «Se trata de convertir el CO2 artificialmente en otros compuestos, y lograr, no solo retirarlo del medioambiente, sino almacenarlo en forma de energía», apunta García. Durante su último año de carrera, Víctor García se incorporó a Amido. Allí realizó su máster y posteriormente comenzó su doctorado de Química.

Empezó sintetizando complejos, y como son sensibles a la luz, al iluminarlos con un colorante químico comercial que contenía fluorescencia y que podía funcionar con la investigación de la fotosíntesis artificial, se dio cuenta de que había procesos en los que unos compuestos llamados aminas terciarias – compuestos químicos orgánicos cuyo grupo funcional está unido a tres átomos de carbono- reaccionaban de forma diferente y no daban los resultados que esperaba. En un primer momento no ocurrió nada, pero al dejarlo más tiempo aparecieron colores que no deberían en la disolución. «Suele ser rosa pero salió verde. Y vimos que ese colorante reaccionaba con las aminas terciarias única y selectivamente, y que era un buen método para detectarlas», subraya Víctor. Mas tarde notaron que no solo las revelaba sino que además las cuantificaba, es decir, haciendo un calibrado se podía saber la cantidad exacta. Por eso el estudio lo enfocaron en este sentido, aparcando el principal de conseguir CO2 artificialmente.

Las aminas terciarias se encuentran en la naturaleza, como la estricnina, que antiguamente se usaba para matar alimañas, o la trietanolamina, que se utiliza en cosmética. «Muchos son venenos que pueden encontrarse en alimentos. Pero también en los opiáceos, bien sea cocaína, heroína, codeína o morfina», refleja Víctor.

En cuanto dan este giro a su trabajo se pusieron en contacto con Tomás Torroba, que formaba parte del otro grupo de investigación que interviene. En él estudian los sensores o compuestos químicos en los que se aprecia un cambio de color o de fluorescencia. «Son cambios físicos que se producen en presencia de un analito, como puede ser un contaminante medioambiental», destaca Torroba.

Por aquel entonces estaba desarrollando un proyecto europeo en el que se incluía la detección de pirrolizidinas, unos alcaloides que se encuentran en determinadas plantas. Son consideradas también aminas terciarias y tóxicos y se han utilizado como veneno desde que el hombre tiene inteligencia. Según el investigador, en la Unión Europea no existen métodos de detección rápida y se necesitaba uno que fuera autónomo. Así, empezaron a colaborar para localizar alcaloides en general. «Mi aportación fue orientar el descubrimiento que habían hecho ellos hacia una serie específica de alcaloides, porque gracias a un tratamiento matemático vimos que el sistema era muy selectivo con los opiáceos», apostilla Torroba.

Por eso también se pusieron en contacto con la DGT, para mostrarle que sus avances podrían ser de gran utilidad en su trabajo. Para ello le realizaron pruebas en agua mezclándola con sus reactivos, luego con orina artificial, a la que añadieron muestras reales de heroína incautada por la policía, y más tarde con orina real. «Haciendo el calibrado traducimos la señal luminosa en cantidades y vimos que funcionaba», manifiesta Víctor.

El siguiente paso era construir el dispositivo en el que se introduce la muestra. Gracias a la convocatoria que realiza de forma anual el organismo público sobre proyectos de investigación, les concedieron una subvención en 2015 para continuar con el desarrollo. Víctor se tuvo que desplazar a un laboratorio de la Universidad de Polonia, en el que fabrican micro dispositivos para aprender a diseñarlo. «Lleva un pequeño circuito en el que se mezclan los reactivos, se iluminan, se produce la reacción y esa señal luminosa, por fibra óptica, va hasta un detector que la recoge y el ordenador la traduce» explica. Torroba añade que, aunque el examen se puede hacer con saliva, el motivo de orientarlo a la orina es porque el opiáceo dura más y es más cómodo. «La DGT quiere experimentos no invasivos –sacar sangre al conductor en la carretera-, como miccionar o coger saliva».

Aquí resalta otro de los objetivos que se persiguen, conseguir que alguna entidad de certificación les acredite su sistema, para que no sea necesaria la realización de un segundo análisis en un laboratorio.

Hasta el momento han terminado un primer dispositivo con todos los elementos básicos para funcionar y recientemente han vuelto a solicitar otra subvención para perfeccionarlo. La UBU ha patentado el sistema, tanto la reacción química como el dispositivo con el kit, a nivel nacional y europeo.

Por otra parte les gustaría extender este proceso hacia otros ámbitos como la alimentación. No sería el mismo, porque la muestra de la que se parte sería distinta y se usarían otro tipo de colorantes, pero los resultados serían muy beneficiosos. «Por ejemplo en mieles. Hemos encontrado un polen que tenía una concentración bastante más alta de lo deseable de pirrolizidinas. No es que sea extremadamente venenoso, pero a la larga puede ser cancerígeno», resume Torroba.

GABRIEL GARCÍA / CATEDRÁTICO E INVESTIGADOR DE LA UBU - «La mayoría de la investigación la tendría que asumir el sector privado»

Gabriel García, catedrático, profesor de química inorgánica y responsable del grupo Amido, lleva casi 40 años trabajando en la Universidad de Burgos y percibe, según su experiencia, que la investigación ha pasado por una etapa creciente desde los años 80. Sin embargo, debido a la situación de crisis por la que está pasando el país, ha habido menos esfuerzo económico en este sentido, provocando una especie de «estancamiento», pero en su opinión, se ha suplido con «buena ciencia». «Los investigadores nos hemos apañado con lo que nos ha llegado y aún así se ha mantenido un nivel científico en España creo que muy bueno, a pesar de los inconvenientes».

Asimismo refleja que aquí no tenemos nada que envidiar de otros países avanzados en lo que se refiere a capacidad investigadora. «Creo que hoy se pueden hacer cosas tan buenas como en el mejor sitio». Por otra parte considera que en lo que sí ve grandes diferencias es en el trato que se hace al personal de investigación. «El equipamiento es el mismo pero en otros lugares al investigador se le protege, se le considera y tiene sueldos muy superiores».

Una de sus aportaciones para que esto pudiese cambiar sería que las empresas deberían de implicarse más con el sector. García recalca que en Europa la mayor parte de la financiación corre a cargo del sector público, mientras que en EE.UU. sucede todo lo contrario. «Lo que tiene que ocurrir para parecerse al modelo americano es que la mayoría de la investigación la tendría que asumir el sector privado». Por eso subraya que no es de los que «echan la culpa a los gobiernos», sino que son las empresas las que deberían implicarse más, y ahora mismo carecen de «iniciativa», tal vez por nuestra forma de ser. «Muchas no quieren hacer I+D+I, no les interesa, pero tampoco le echo la culpa al empresario, es que somos así, no tenemos esa visión», concluye.

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