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LA VIDA DEL OPOSITOR

Padres de familia entre apuntes

Con el despegue de la oferta pública de empleo, tras las plazas anunciadas por el Gobierno, regresa el ajetreo a los centros de preparación y miles de castellanos y leoneses lo aparcan todo para sacar una oposición y un futuro sin sobresaltos / Los años de recortes y despidos arrojan un nuevo perfil del opositor: de más edad, en paro y con hijos

ALICIA CALVO
27/07/2017

 

Menos juguetes y piscinas y más biblioteca y escritorio. Los apuntes son uno más en la familia, pero no por los niños, sino por los padres.

Su despertador vibra a las seis y media de la mañana cada día. Las dos primeras horas son suyas. Sólo suyas. Pasea por la habitación, se sienta, vuelve a levantarse. Repasa en alto, en silencio...

«Es cuando más rindo», comenta la vallisoletana Patricia Miguel. Cumplidos los 120 minutos, en la cocina familiar comienza el trajín y, a partir de ahí, el día es una incógnita.

Ahora, casi dos décadas después de terminar la carrera de Derecho, Patricia pasa casi más tiempo estudiando que durmiendo. Ocho horas, nunca seguidas, que no siempre araña al despertador.

Oposita a tiempo completo o al que las obligaciones familiares le permiten. Ahora que la oferta pública de empleo vuelve a despegar, esta licenciada es una de las miles de personas del país que prepara actualmente las oposiciones. En su caso, para la Administración de Justicia (gestión procesal, tramitación procesal y auxilio judicial porque las tres comparten temario).

Pensó que su caso era «poco común»; que sería la mayor de la clase. Seis meses después de dar un giro «radical» a su vida, tras el cierre de la empresa en la que trabajaba, salió del error.

Descubrió que la falta de oportunidades laborales que la empujó con 40 años a convertirse en estudiante a tiempo casi completo, a aparcar temporalmente sus relaciones sociales, a levantarse a las seis de la mañana, a ceder minutos de juego con sus hijas y a hacer equilibrios con el horario familiar, lleva a muchos otros a emprender su mismo camino: retomar los libros con más ahínco que nunca, en busca de una plaza fija que evite desvelos en el futuro.

Patricia empezó a estudiar cuando aún faltaban unos pocos días para que se bajaran para siempre las persianas de Lex Nova, en Valladolid, la compañía en la que desempeñó su trabajo durante una década.

No tardó mucho en decidirse. Sopesó sus opciones y, «a pesar del sobresfuerzo», concluyó que estudiar era su posibilidad más viable por aspectos que no tienen que ver con su formación y sí con condicionantes externos, como su género, edad o situación familiar. «El mercado editorial, y más el especializado, es cerrado y no veía que tuviera hueco. Además, soy mujer, tengo 40 años, dos hijas... Aunque no debería ser así, por muy preparada que esté, que lo estoy, en una entrevista lo tendría más difícil», cuenta Patricia, desde su ordenado escritorio, en uno de los contados momentos del día en el que tiene un respiro. Sus hijas, mientras, aguardan entretenidas en el salón.

Llega a la carrera por opositar en un momento en el que varias academias preparatorias confirman la vuelta del movimiento en sus aulas, un ajetreo desconocido en los últimos años de «desesperante parón» sin apenas oferta laboral.

La última convocatoria del Gobierno central, que anunció recientemente 20.000 plazas correspondientes a 2017, se suma a la de 2016, cuyas convocatorias reparten sus exámenes en lo que resta de año y principios del próximo. Por lo que los nervios ya afloran.

Esta licenciada en derecho ve «la oportunidad extra» como un respaldo. «Parece buen momento porque se prevén convocatorias de muchas plazas. Soy realista y sé que hace falta mucho nivel, pero voy a ir con opciones. Llevo bien el temario –68 temas «nada cortos»– y voy a tiempo. Si no, saber que hay otra convocatoria tan pronto es una suerte», explica Patricia, que una vez a la semana acude a un preparador. Éste le orienta en el temario, le organiza el tiempo, le explica la materia más dificultosa y la examina semanalmente.

Tras medio año pasando su control y con el resto de las semanas hasta 2018 programadas, aspira a aprobar y no se conforma con adquirir experiencia sin más. «Teniendo hijas y otros gastos no puedes hacer como cuando eres joven y vas sólo a probar. Voy a por todas. Luego, si no la saco, replantearé el ritmo, pero pretendo dar el máximo y llegar con nivel suficiente para competir», cuenta esta novata en las oposiciones, que de no lograr la nota suficiente volvería a intentarlo.

El resurgir de la oferta pública de empleo, en parte para consolidar plazas o de promoción interna, y el reguero de despidos que ha dejado la crisis, arrojan un perfil de quien aspira a estos puestos de trabajo estables «muy diferente» al de años atrás.

Los preparadores constatan el aumento generalizado de la edad de los aspirantes, que a menudo soportan cargas familiares y suelen estar en el paro. «Hoy el que viene no es el de hace años, que era muy joven. Cada vez hay más gente que se pone de nuevo a estudiar, que ya supera por bastante los 30 e, incluso, los 40, con familia, que ha perdido el empleo y que en una entrevista de trabajo lo tendría difícil», señala Ladislao Roig, preparador con casi tres décadas de experiencia al frente de la academia con su nombre L. Roig. Indica además que «la puerta del sector privado suele estar cerrada y hoy pocos quieren quedarse en casa porque tienen obligaciones familiares».

Es más, asegura que «los opositores que se dedican sólo a estudiar eran mayoría hace unos años y hoy se cuentan con los dedos de una mano». Ahonda en este panorama y señala como «un gran problema frecuente» la falta de tiempo y la dificultad de encajar horarios y compaginar con la vida personal o laboral. «Con niños o trabajo a veces aunque intentan repasar no pueden ser tan constantes y para esto la constancia es vital», indica.

No sólo apunta Roig a la falta de disponibilidad del minutero como inconveniente, añade otro: «Muchos carecen del hábito de estudio».

Patricia sabe bien qué es eso de disponer de tiempo limitado. Reserva ocho horas, no siempre las mismas, a costa de una organización exhaustiva y dosis de estrés: «Estudiar no me cuesta porque siempre me ha gustado y soy constante. Lo difícil es gestionar el tiempo de las niñas. También tienen que hacer cosas. No puedo seguir un ritmo lineal, sigo el de mis hijas», cuenta esta estudiante, cuyo marido trabaja prácticamente todo el día y agradece la comprensión de las pequeñas.

Sirven sus jornadas veraniegas para mostrar el sudoku que resuelve cada día. Asegura que «ningúno es igual a otro» y los califica de «caóticos», mientras reconoce, con cierta melancolía, que en horario escolar resulta más sencillo. Ahora en la ecuación entran también talleres infantiles, piscina, juegos... Todo le roba minutos a la oposición. O se los cede, según se mire. «Me hubiera gustado embarcarme en esto más joven porque tendría más energía y tiempo, pero la vida te va llevando por otros caminos», cuenta Patricia.

Marta Conill, responsable de otro centro de estudios vallisoletano, Nexo Formación, confirma que existe cierto «optimismo» porque asegura que «se habla de tres años muy buenos, de muchas plazas»; invita a «aprovechar el momento actual» y constata el cambio de perfil y que «en los últimos años muchas personas se han ido a la calle y tratan de tener algo seguro hasta el fin de su vida laboral».

A la evidente motivación principal, la de adquirir una plaza de por vida y la tranquilidad que ello supone, quienes se mueven en estos ambientes de apuntes y repasos, advierten de otros aspectos que también inclinan la balanza hacia opositar. «Tiene condiciones muy ventajosas. La conciliación familiar es más sencilla por sus buenos horarios», apunta Marta Conill, que dota de gran relevancia a la imparcialidad de estos procesos. «No tienes que gustarle a un jefe, sino demostrar lo que sabes», remarca.

Lo mismo opina Patricia. «Aquí eres tú, lo que estudies y lo que te esfuerces. Y si estas formado puedes conseguirlo. Para una empresa privada depende de muchas cosas y no siempre de ti», comenta esta opositora que mantiene el entusiasmo. «Sólo llevo seis meses y aunque hay momentos en los que me planteo ‘en qué me he metido’ quiero seguir. No quiero que el tiempo invertido se pierda». De hecho, se lo toma como «una inversión» y se examinará, previsiblemente, a principios del próximo año.

Desde otra academia vallisoletana, José Sánchez, director de Estudios Sigma, introduce otro argumento presente en muchas decisiones: la vocación. «Hay oposiciones muy diferentes de otras.

Tanto en el esfuerzo académico que requiere, como en el riesgo que entraña –como las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado– y en muchas está claro que tiene que haber vocación», indica.
Patricia es de las que creen que, dado el «gran esfuerzo» que exige, resulta fundamental «que guste el trabajo», aunque tiene presente la diversidad. «Quién no ha escuchado alguna vez eso de ‘me saco la plaza y a vivir’. Hay de todo».

En el ecosistema opositor se encuentra también Sara González. Acaba de presentarse al examen para ser Guardia Civil, tras dos años de preparación. Reconoce que siempre escuchó que no suponían el mismo esfuerzo que otras, pero indica que aún así le costó «más de lo esperado».

El primer año trabajaba y su rendimiento fue menor. Terminó dejando el empleo para centrarse en estudiar. A la segunda espera lograr la plaza. Ya han salido las notas y se encuentra «en el límite». No duda de que se presentará una tercera vez si es necesario, aunque implique más tiempo de concesiones. «Es lo que quiero. Es cierto que tener una plaza para siempre es genial, saber que tendrás un puesto fijo de verdad, pero a mí me llevó a esto que es el trabajo que me ha gustado siempre», cuenta esta joven de 22 años, que apunta al «paro juvenil» como uno de los culpables de llenar las salas de estudio.

Tanto Sara como Patricia insisten en que lo fundamental es la «perseverancia». También los preparadores concluyen lo mismo. «No es real querer dominar el temario en unos meses. Hay que llevarlo muy preparado para competir con mucha gente», indica la profesora Marta Conill.

Por eso, quienes están sumergidos en este ambiente lo describen como «una carrera de fondo». En el recorrido, señalan que hay que no sólo hay que estudiar la materia que preguntarán en la prueba, también recomiendan otro tipo de preparación, la psicológica. «Más que para el examen, hay que estar preparado para el fracaso».

«Extraño relacionarme, pero es temporal» - Opositores y preparadores detallan «el sacrificio» personal al renunciar a tiempo en familia y vida social

Cuando Patricia trabajaba en la editorial jurídica Lex Nova, todos los días conversaba con unos y con otros. Todos los días pronunciaba ‘hola’ un puñado de veces, que iba seguido de más impresiones. Entablaba conversaciones triviales y otras más profundas. Desde hace seis meses, desde que su vida gira en torno a la oposición a la Administración de Justicia, estos diálogos han menguado sustancialmente.

«Extraño relacionarme. Echo de menos hablar con compañeros, ver gente diferente y tener reuniones. Esas relaciones en las que comentas las cosas, lo normal en un trabajo con más plantilla», comenta esta vallisoletana, como parte de las concesiones por esta preparación exhaustiva. «La oposición es muy absorbente, muy individual y obliga a tener mucha concentración», apostilla esta mujer que encara el «sobresfuerzo» convencida de que «merece la pena y el sacrificio compensa». «El secreto es persistir. Lo mejor es tener una buena planificación, un método, ser disciplinado y saber que es temporal», apunta.

En similares aspectos inciden quienes se encargan de preparar a aspirantes de distintas áreas. «Lo primero que les digo siempre es que tienen que tener mentalidad de opositor. Mucha dedicación y tomárselo en serio», expone José Sánchez, de Estudios Sigma, a lo que su colega Marta Conill, de Nexo Formación, añade que «tampoco se trata de que desaparezcan, pero sí de que sean rigurosos con su rutina».

La joven Sara, opositora recién examinada, reconoce que durante el tiempo de estudios –dos años en su caso– «la vida social disminuye, se deja de salir tanto», pero coincide en que el fin último, de conseguirse, lo justifica.

También está el reverso de esto. Hay quien después de varios años aislado entre libros, los cuelga. Lanislao Roig, preparador desde hace años, indica que estudiar sin fecha en perspectiva puede llegar a resultar «frustrante» y relata cómo en los últimos cursos, con las convocatorias congeladas, «muchos han tirado la toalla después de varios años estudiando y se han sentido un poco desamparados».

Ante lo que parece una competencia altísima, Roig apunta que «no es tanta como parece» porque, señala, «hay quien se inscribe para probar y quien finalmente no se presenta».

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